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III
Y concluye
enseñando la infinita
misericordia
de la Virgen
Y
sucedió que habiendo llegado el caballero
Por
el lado que llaman Santiago del Estero,
La
Providencia quiso probarlo por entero
Poniéndolo
en terreno más firme y valedero.
Y
allí topóse el hombre, según nos es contado,
Con
un amigo suyo muy íntimo y probado
Quien,
viéndole tan sano, se queda como helado
Pues
hasta ayer lo viera postrado y desahuciado:
-
¿De cómo y tan priesa vuesa merced sanó? -
Pregúntale
en el habla que hablaban los de pro;
Y
el caballero cuenta lo que le aconteció:
Cómo
pidió a la Virgen, cómo esta lo escuchó.
Mas,
ay del distraído que cae en tentación
(La
tentación a veces no es más que distracción),
De
nuevo la malicia nublóle la razón
Y
el infeliz devoto manchó su devoción.
Manchó
su fe diciendo, de mala voz tentado:
-
La Virgen Nuestra Madre del Valle me ha sanado,
Mas,
gracias sean dadas, por el favor logrado,
A
una cadena de oro que yo le he regalado...
En
hora mala dijo tamaña necedad;
Por
ella cuatro veces faltó, de falsedad:
Faltó
a la Purísima, falto a su piedad,
Faltó
a su palabra, faltó a la verdad.
Noramala
tuviera tan necio parecer,
Pues
esa misma noche pagó su proceder:
Se
apareció la Virgen en todo su poder
(La
historia no lo dice, pero es de suponer):
-
Yo soy la Inmaculada y Pura Concepción -
Diríale
al ingrato la grave aparición -,
Yo
soy la que invocaste en tu tribulación,
La
que escuchó tu ruego de todo corazón.
Yo
soy la que llamaste cuando eras desvalido,
La
misma de quien fuiste prestamente oído;
Aquella
a quien lloraste con llanto dolorido,
La
misma de quien fuiste tan bien compadecido.
Yo
soy la sangre pura que Cristo consagró
Y
por la cual tu impura sangre se redimió;
Yo
soy la que ante mi Hijo tu causa defendió.
¡Mira
a quien tu liviana palabra desdeñó!
Creíste
que podíase comprar mi potestad,
Creíste
con el oro pagada mi bondad.
Perdiste
pues tus méritos de fe y de humildad
Por
los que te ganabas mi buena voluntad.
Sabrás
que por humilde del Cielo fui llamada,
Que
nunca de riquezas me tuve por pagada;
De
no, no me dijeran la Bienaventurada
Madre
de la Pobreza, fortuna bien ganada.
Por
cuanto diste crédito a tu intención ladina
Y
a mi Señor desplugo tu frase tan mezquina:
Perdiste,
desdichado, la voluntad divina,
Perdiste
mi ganada piedad y medicina.
Así
le habría hablado, o en tono parecido,
Pues
ello explicaría lo luego sucedido.
Estaba
el caballero más bien entredormido;
Del
sueño mucho bueno tenemos aprendido.
Con
las palabras dichas, según mi conjetura,
Debió
desvanecerse la celestial figura;
Lo
que pasó más tarde ya tiene su escritura,
La
tradición lo cuenta, por más añadidura.
Diz
que despertó el hombre, por el amanecer,
Sintiendo
que sus nervios volvíanse a encoger;
Que
el mal que padeciera volvía a padecer,
Que
se quedaba gafo como supiera ser.
Sintió
de la parálisis la misma flojedad:
Como
si se le helara toda la voluntad;
De
nuevo los dolores, y con mayor crueldad,
Parecían
cebarse de su inmovilidad.
A
sus gritos acude la gente de la casa:
Quien
corre por el láudano, quien sale por mostaza;
No
hay qué no se le ponga, pero el enfermo atrasa;
Nada
hay que no se le haga, y el mal no se le pasa.
Como
la cama estaba vuelta y desordenada
Buscaron
los sirvientes dejarla acomodada;
Mas
he aquí que se hallan, cual víbora enroscada,
Con
la cadena de oro debajo de la almohada.
Miró
el desventurado su ex voto rehusado;
Reconoció
su culpa, dolióse del pecado.
De
nuevo fue a la Virgen contrito y enmendado:
¡La
Virgen sintió pena de haberlo castigado!
Pues
si es, Nuestra Señora, Espejo de Justicia,
Nunca
de sus poderes se vale con sevicia.
Y
así que hubo el ingrato curado su malicia,
Lo
recibió de nuevo quien es "Nuestra leticia".
Le
perdonó el agravio, le dio salud cumplida,
Y
el peregrino tuvo lección bien aprendida.
De
entonces la cadena quedó por bendecida:
Le
dio Nuestra Señora virtud reconocida.
Tal
es la bella historia de la cadena de oro
Que
nos da buena prueba y ejemplo que valoro,
De
cómo Nuestra Madre se atiene a su decoro
Cuando
el desdén humano se jacta en su desdoro.
Aprendan
de este caso los malagradecidos;
Consuélense
del mismo los bien arrepentidos;
Quien
tenga de la Virgen favores recibidos
Consérvese
en su gracia, no pierda los sentidos...
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